Por Miguel Ángel Latouche.

I

Refería Ortega y Gasset la idea de que en caso de que los Dioses tuviesen una biblioteca llena de todos los libros publicados y por publicarse, seguramente no se habrían tomado el trabajo de leer ninguno de los tomos presentes en aquella biblioteca infinita. Los libros permanecerían allí, estáticos, esperando que alguien los salvara del polvo y el olvido. El que tiene el tiempo a su disposición no tiene apuro en hacer que las cosas pasen, bastaría con sentarse a contemplar que las cosas sucedan sin que importe que las cosas tarden un segundo o un siglo en pasar.

Jaromir Hladik escribía, por allá por 1939, su tragedia Los Enemigos, cuando las huestes del Tercer Reich entraron en Praga, llenado de horror y de miedo a la población que sufriría los estragos de la dominación extranjera hasta los finales de la II Guerra Mundial. El autor fue apresado y condenado. Era un judío militante que había escrito en favor de su causa y que era considerado enemigo del pueblo Nazi. En un juicio sumario fue condenado a muerte por fusilamiento. Todo esto nos cuenta Borges en un cuento genial recopilado en sus Ficciones, bajo el título: El Milagro Secreto.

Hladik fue llevado ante el cuerpo de fusilamiento y enfrentados a ellos se dirigió a Dios para decirle que necesitaba un año completo para terminar Los Enemigos, le solicitaba que le concedieran ese tiempo. Justo cuando la voz de fuego se dejaba escuchar bajo la lluvia Checa, las armas que le apuntaban se quedaron inmóviles, al igual que los hombres que le apuntaban y al igual que el mismo. Su solicitud le había sido concedida: ¡el universo que habitaba se había detenido! Al final terminaría cayendo ante el enemigo el mismo día previsto para su ejecución, pero dentro del milagro que lo envolvía tendría a su disposición el tiempo requerido para culminar su obra mas importante. El cuento hay que leerlo claro. La magia borgiana nos sorprende con una lógica incuestionable, para Dios un segundo, un año o muchos no hacen ninguna diferencia. A diferencia de nosotros, los Dioses no se encuentran sometidos a los avatares del tiempo. De allí que ellos tengan la posibilidad de postergarlo todo por una eternidad. De allí que los Dioses puedan dejarlo todo para mañana o para el siglo que viene. De allí que no se tomen el trabajo de revisar el contenido de la biblioteca que resguardan.

A nosotros, simples mortales, el tiempo se nos presenta desde su transcurrir implacable, un flujo indetenible del cual no podemos escapar. El tiempo es nuestro único recurso natural verdaderamente no renovable. La vida pasa sin que nos demos cuenta, en un abrir y cerrar de ojos nos llenamos de canas y de experiencias, de historias que terminamos relatando a los más jóvenes. Yo recuerdo las muchas horas sentado junto a mi padre bajo la sombra de los semerucos que habitaban los jardines de mi infancia. Mi viejo relataba las historias de su niñez en un país rural que desde hace tiempo ha dejado de existir o que solo existe como retazos de nuestra maltrecha memoria colectiva. Papá hace tiempo que ya no está con nosotros y ahora soy yo el que recopila historias y trata de contarlas a quienes quieran escuchar. Con las historias pasa como con nosotros, nunca somos los mismos, cada experiencia por minúscula que sea nos transforma, nunca somos un proceso culminado, siempre nos encontramos en el proceso de construirnos a nosotros mismos, de encontrarnos.

Quizás la paradoja final venga dada por el hecho de que nuestro momento más acabado, aquel del que no podemos escapar, el punto final de nuestros aprendizajes, sea el mismo en el cual dejamos de existir. Con nuestra muerte cesan, al menos en este plano, nuestros procesos acumulativos. La única manera de dejar de cumplir años es estando muertos, decía mi padre. En ese momento, diría Hanna Arendt, dejamos de estar entre los hombres, con lo cual cesamos de ser, de inventarnos, de existir de manera reconocible. Quizás por ello Horacio nos recomienda en su Carminum I, 11, que aprovechemos el día sin confiarnos en el mañana, Carpe diem.

El futuro siempre es azaroso y mucho de nuestro devenir tiene que ver con la manera como la fortuna juega a favorecernos o no. Nuestra vida transcurre entre nuestras expectativas y la realidad que nos corresponde vivir. Nadie sabe de antemano el tiempo que le ha sido otorgado, lo importante es lo que hacemos para evitar que el tiempo se diluya entre nuestros dedos perdiéndose de manera irrecuperable. Si nos descuidamos el tiempo puede ser como aquellos extraordinarios relojes derretidos que nos regaló Salvador Dalí en la Persistencia de la Memoria: Inconsistente, vacío, diluido. La vida es, a fin de cuentas, fugaz y nuestro tiempo es siempre demasiado corto cuando no sabemos aprovecharlo.

II

Cuando Tetis interroga a su hijo le plantea dos opciones claras: quedarse en su Ftia natal y gobernar a su país para morir, siendo un desconocido, rodeado de familiares y amigos en la lejana vejez o participar en la Guerra de Troya y tener una vida corta, llena de aventuras, trascendente. El Pelida no lo duda un instante y decide participar frente los Mirmidones en la expedición que rescataría a Helena aun a sabiendas de lo que ponía en juego. Su vida sería corta pero su nombre sería reconocido por las generaciones posteriores. De hecho, Aquiles sigue siendo aun en nuestros días el modelo de héroe clásico más reconocido. Su ira terrible y la amistad hacia Patroclo vienen acompañadas de ecos ancestrales que trascienden con mucho las leyendas de su presunta invulnerabilidad. En todo caso, Aquiles escogió el riesgo de vivir la vida de un héroe antes que la vida de un hombre común. Es como si el héroe nos convocara a vivir a todo riesgo, aunque nos vaya la vida en ello. Pero no exageremos, tampoco es que vivamos en nuestro tiempo y contexto en las dinámicas de la literatura clásica. La verdad no nos hace falta ir a derrumbar muros en ciudades desconocidas. La idea es, en realidad, mucho más sutil y hermosa. En su tratado sobre la brevedad de la vida, Seneca nos recomienda atender los asuntos que son verdaderamente importantes, no perder nuestro tiempo limitado en cosas de menor importancia que no le hacen bien a nuestra alma. La vida que se nos otorga es suficiente si sabemos aprovecharla para hacer las cosas que nos corresponde y solo podremos considerar lo contrario cuando la hallamos desperdiciado.

De allí que debamos hacer rendir nuestro tiempo vital realizando actividades que nos ennoblezcan. Nuestra tarea fundamental es la de generar los aprendizajes que necesitemos para afrontar nuestro presente de la mejor manera que nos sea posible, adquirir la sabiduría que nos van dejando los años cuando los vivimos apropiadamente y compartir con quienes vienen detrás los frutos de ese aprendizaje. En este sentido, se clarifica aquella idea que deja correr Herodoto en su Historia, los Dioses envidian la fragilidad de nuestra naturaleza. La muerte es una compañera de viaje que nos acompaña desde nuestro nacimiento y que se coloca detrás de nuestros hombros sin que nos atrevamos a mirarla de frente. Sabemos que está allí al mismo tiempo que intentamos olvidarla. Pero quizás esa amenaza permanente nos mueva, nos impulse a esforzarnos por alcanzar un mínimo de trascendencia aun en el limitado ámbito de nuestra vida privada. Los hombres, en genérico, estamos compelidos a realizar el esfuerzo que corresponde a nuestro afán por crecer, por ser mejores, por aprender cada día un poco más, por dejar un rastro. No hacerlo es una perversión que nos lleva a perder la batalla desde el primer asalto y perdernos en nuestros propios laberintos.

El viaje hacia Ítaca es un viaje interior, un viaje de autodescubrimiento. Ítaca es un no-lugar que se encuentra dentro de nosotros mismos, que nos habita y que está lleno de los monstruos que nos inventamos, abierto a las posibilidades de nuestro ingenio y lleno de las historias que vamos elaborando; las posibilidades de la disolución absoluta mueven nuestra creatividad y nuestra inventiva, nos proporcionan ese trágico sentido de la trascendencia de que es tan propio de nuestra naturaleza. Después de todo habría que considerar que vivir para siempre debe ser aburrido. Nuestro tiempo es limitado pero las posibilidades que nos proporciona son, sin dudas, infinitas. ¡Carpe Diem!

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