Desde sus humildes orígenes, la ciencia-ficción creció y se desarrolló durante el siglo XX hasta convertirse en un género literario fundamental, apoyado por la radio, el cine y la televisión. Numerosas películas y programas se volvieron parte de la cultura popular, y además inspiraron más de un avance tecnológico posterior.

Muchos de los autores de textos y producciones audiovisuales de ciencia-ficción tuvieron origen judío, acervo intelectual y espiritual que influyó poderosamente en las obras que dejaron para la posteridad.

Sami Rozenbaum

Tal vez resulte una sorpresa, para buena parte de los admiradores del afamado director cinematográfico Stanley Kubrick, enterarse de que era judío. Aunque él se definía como agnóstico, en más de una oportunidad afirmó sin ambages que su origen judío era importante para él y había influido en su trabajo.

Kubrick nació en Nueva York en 1928; sus antepasados provenían de familias judías de Polonia, Austria y Rumania. Vivió con sus padres en el Bronx, y más tarde en el barrio bohemio de Greenwich Village, donde residían numerosos intelectuales judíos con los que trabó amistad y que influyeron en su pensamiento.

Desde joven mostró un acentuado interés por la fotografía, y entre 1945 (cuando apenas tenía 17 años) y 1950 trabajó en numerosos reportajes fotográficos para la revista Look, con secuencias de imágenes que narraban historias completas con muy breves textos, y que lograron para él un importante reconocimiento. Desde ese momento dio muestras de la creatividad y meticulosidad que caracterizarían toda su carrera.

A partir de 1951 realizó varios filmes cortos, y luego largometrajes como director independiente, incluso con financiamiento familiar. Su primer éxito comercial fue The Killing (1956), y desde entonces logró un triunfo tras otro. Cubrió una variedad asombrosa de temas, desde la novela clásica (Lolita, 1962) hasta el terror (The Shining, en español El resplandor, 1980), pasando por la sátira política sobre la Guerra Fría (Dr. Strangelove, en español Teléfono rojo ¿volamos a Moscú?, 1964), la picaresca histórica (Barry Lyndon, 1975), la violencia ciega (A Clockwork Orange, en español La Naranja Mecánica, 1971), el drama de guerra (Full Metal Jacket, 1987) y la sexualidad (Eyes Wide Shut, en español Ojos bien cerrados, que fue su último filme, 1999).

 Pero su obra máxima fue 2001: A Space Odyssey (2001 Odisea del espacio, 1968), ampliamente considerada como la mejor del género de la ciencia-ficción y una de las más influyentes de todos los tiempos.

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Kubrick, cigarrillo en mano, conversa con el actor Keir Dullea (“Bowman”) durante el rodaje de 2001: A Space Odyssey (Foto: sciencemag.com)

2001 se basa en la novela The Sentinel (El Centinela) del “futurólogo” y escritor Arthur C. Clarke, quien trabajó con Kubrick en el guión. En su secuencia inicial el filme hace un viaje por el tiempo que abarca millones de años, desde los primates antecesores de nuestra especie hasta el futuro, y plantea el surgimiento de una nueva etapa en nuestra evolución.

Con su característico perfeccionismo, Kubrick tardó cinco años desde que concibió el proyecto hasta su estreno, y logró tal fidelidad científica, combinada con una extraordinaria elegancia visual, que no tiene paralelo con lo que se hizo antes o después; esto permite que 2001: A Space Odyssey mantenga plena vigencia hasta hoy. Vincent LoBrutto, uno de sus biógrafos, afirma que esta película “posicionó a Stanley Kubrick como un artista puro, y le otorgó el estatus de uno de los grandes maestros del cine”. El filme ganó para Kubrick el único Oscar de su carrera, en la categoría de efectos especiales.

El coproductor (y cuñado de Kubrick) Jan Harlan asegura que 2001 es el más “judío” de los filmes de Kubrick, “en el que se hace las preguntas más profundas sobre el universo y la existencia de Dios”.

Kubrick también consideró hacer una película relacionada con el Holocausto —tema que lo perturbaba profundamente—, que se titularía Aryan Papers (Los papeles arios), basada en Wartime Lies, novela semi-autobiográfica de Louis Begley. De hecho, estuvo investigando para este filme durante 20 años, envió a sus asistentes a buscar información en Polonia y Checoslovaquia, y elaboró un completo esquema de producción que definía actores, locaciones, vestuario y otros detalles. Pero Kubrick se deprimió tanto con Aryan Papers que finalmente decidió no hacer la película. Según otro de sus biógrafos, Geoffrey Cocks, “él pensó que el tema era demasiado grande para caber en ninguna película”.

El segundo proyecto de ciencia-ficción de Kubrick fue A.I. Artificial Intelligence (titulado en español Inteligencia Artificial), que estaba desarrollando con Steven Spielberg cuando la muerte lo sorprendió en 1999. Spielberg asegura que continuó haciendo la película con la mayor fidelidad posible a las ideas de Kubrick, pero nunca sabremos cómo habría resultado ese —más bien extraño— filme si Kubrick hubiese trabajado en él hasta el final.

 La filosofía de Kubrick sobre la humanidad puede definirse, en palabras de Geoffrey Cocks, en que rechazaba las ideas de Rousseau del buen salvaje: para él, “no somos ángeles caídos, sino simios sublimados”.

Publicado anteriormente en Nuevo Mundo Israelita, medio oficial de la cominidad judía en Venezuela

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