Por Florángel Quintana.

La nueva realidad ha desdibujado las maneras usuales de hacer las cosas.

Desde la forma de interactuar en el espacio público hasta el modo de trabajar han cambiado. Solo nos ha quedado seguir directrices oficiales de seguridad pública. Así entonces nos hemos venimos adaptando –a trompicones– a este 2020.

En Miami los empleos usuales de prestación de servicios han desaparecido como los conocíamos, y con esto la elevación de la tasa de desempleo se ha disparado terrible en una ciudad turística por excelencia. Hoteles y restaurantes han sido los más golpeados.

A muchas personas les ha tomado demasiado de sí entender cómo navegar durante estos meses de incertidumbre. Aparecieron las angustias y se acrecentaron los miedos. Sobre todo, de aquellos que estaban en la comodidad de sus empleos, esos aburridos “9 to 5” que les agobiaban, esas mismas actividades que les hacían decir qué fastidio este más de lo mismo. ¿Querías un cambio? Voilà!

Algunos atraparon el verbo reinventarse y empezaron a usarlo a diestra y siniestra, llenándose de preguntas y una necesaria introspección. Por fortuna el encierro obligado hizo que volviéramos la mirada hacia nosotros, hacia nuestra vida y nuestras relaciones. ¿Podríamos soportar la invasión de espacios en un ambiente común-familiar-amoroso? Era necesario entonces inventarse un nuevo yo capaz de aislarse y producir ideas, y en el mejor de los deseos, monetizar con la nueva actividad digital. Se oyeron varios eurekas en salones y habitaciones.

Muchos descubrieron nuevos talentos, algunos desempolvaron los que estaban ocultos, incluso de sí mismos. He allí que se iniciaron los cursos, talleres, seminarios; transmisiones en vivo por las plataformas de mayor uso (Instagram y Facebook); se crearon podcasts y nuevos canales de Youtube. Todo un despliegue de creatividad Prêt-à-porte.

El asunto se convirtió en poner conocimientos al servicio de otros desocupados hambrientos de acción neuronal.

Quizá el brillante talento no se ve en todos los casos, pero sí, y esto es innegable, se ha demostrado que las redes sociales dan para todo, y las necesidades de experimentar en momentos de agobio son como un géiser en ebullición.

Queda lanzarse en ese mar de experimentos y fluir… hasta otro golpe de ola.

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