– Mamá, ¿has visto Pose en Netflix?

– No, hijo, ¿de qué trata?

– Trata sobre el contexto gay de los años ochenta.

– Pero yo no sé nada de eso.

– Vela. Y si tienes alguna pregunta, avísame.

 

Una semana después de dicha recomendación telefónica, sonó mi WhatsApp: “Hijo, sí. De hecho, tengo una pregunta con todo lo de la serie esa: tú… ¿eres activo o pasivo?”. Carcajadas virtuales, de ambas partes. Cual Condorito, pero uno con tutú y uñas acrílicas, caí perplejo ante una interrogante que, si bien incómoda, o quizás pícara, desveló en mí el vacío informativo existente con respecto a la bombona cultural homosexual que destila por las pantallas televisivas actuales.

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 – ¿No se te ocurrió otra cosa?

– Bueno. Si no sé, no sé.

 

En efecto, todavía los vestigios conservaduristas heredados del siglo pasado siguen presentes. A las parejas del mismo sexo se les define con base a quién viste de pantalón y quién –ya asimilado al estereotipo latinoamericano del “árbol doblado”– se delinea las cejas. Y aunque series como Pose están abriendo espacios para una concientización más acertada acerca de lo que significa la diversidad sexual, sus preludios históricos, el ritmo feroz de las comunicaciones globales no parece dar cabida a la reflexión detallada.

¿Hasta dónde el apetito del mercado internacional opaca la esencia real de los movimientos LGBTQ+? ¿Será que la fascinación arcoíris de los medios está restándole sentido a las problemáticas subyacentes en aquellos que se asfixian entre la pobreza, el closet y el racismo?

Pose se estrenó en Netflix a mediados del 2018. Ambientado en las ochenteras avenidas neoyorquinas, con especial atención a la vida de suburbio, el show ha sido nominado a los Golden Globe Awards, Primetime Emmy Awards y BET Awards, respectivamente. A través de dos temporadas, la historia se centra en contar los desaguisados interraciales y socioeconómicos de la población queer finisecular; fiesta de trajes escarchados, bocas color carmesí y respiradores artificiales. Un Vogue de celebraciones, complicidades y exámenes serológicos.

Lo interesante de la trama es su capacidad para ilustrar las dinámicas producidas en los ballrooms: reuniones gais donde los participantes compiten por trofeos según distintas categorías, originadas a partir de los años setenta. A diferencia de la errónea creencia popular, los ballrooms no son discotecas; por lo contrario, son centros de acogida cuyo propósito es la potencialización de la personalidad a través del cuerpo. En Pose, vemos cómo los personajes, mayoritariamente de ascendencia latina y africana, se juntan entre sí bajo un mismo pseudónimo –que adoptan como apellido– para lanzarse a la pasarela y desmitificar estereotipos.

El show ha sido aclamado por la crítica internacional por el simple hecho de mostrar el lado familiar de los estratos más rezagados del compendio LGBTQ+ de la época, en detrimento del arraigado cliché sobre la promiscuidad. Esto último, con la finalidad de lograr que la población heterosexual –o incluso young gay people– consiga obtener un empático abreboca acerca de lo difícil que era ser transgénero y abatir los estándares sociales estadounidenses en el siglo XX. No obstante, Pose, por demasiado toque sentimental que posea, abraza más el fashion de alta definición actual que lo que era, en realidad, ser parte de un ballroom en Nueva York.

Netflix nos enseña una especie de salón de baile con decoraciones nocturnas al mejor estilo de pista VIP, con bolas de cristal para la iluminación y vestidos opulentos hechos con materiales de la crema costurera del momento. No es de extrañarse que, para beneficio de la demanda mainstream contemporánea, donde nos hemos adaptado grandes estándares de producción, el equipo de la serie haya decidido “estilizar” el aspecto de los ballrooms.

Con todo, el objetivo es cautivarnos, ¿o no? Sin embargo, fuera de la pantalla, estos espacios estaban lejos de ser el Country Club de su tiempo.

En el legendario documental Paris is Burning, lanzado en 1990, se muestran imágenes auténticas de uno de los ballrooms para la fecha, que no era sino un auditorio de bajo presupuesto donde, de hecho, los involucrados acudían por la mañana, después de una noche de trabajo (lícito o no). Con referencia al vestuario, si bien Pose coincide con Paris is Burning en cuanto a que muchos de los competidores se esforzaban por exhibir sus mejores telas, la verdad era que los homosexuales vivían en condición de calle; escasamente podían mantenerse. En exceso sencillo ante nuestros ojos consumidores, ¿no es así?

Pose es una producción precedida por al icónico show Ru Paul’s Drag Race, el cual no acepta que sus rivales luzcan baratas, menos que menos pobres. No es de extrañarse que, para continuar con la línea de la etiqueta cara, con lo que Ru Paul nos ha vendido a través de su propia marca, la estética de Pose haya preferido encajar en nuestra ya preconcebida imagen de lo que es ser gay: una maratón de etiquetas donde vale más el cheque invertido que la voluntad misma por salir del closet. Seamos sinceros: ¿nos atraerían las producciones LGBTQ+ si les quitásemos los filtros, los patrocinantes y la apariencia ostentosa?

La diversidad ha manejado transformarse en marca porque da pie a la exploración interior en un mundo de turbias arenas ideológicas. Y eso, vende. No obstante, vale la pena concientizar que, bajo el caparazón publicitario, existen infinidad de dudas irresueltas; de escenarios no cubiertos por las cámaras; de precariedad con sello arcoíris.

Pese a la pandemia por coronavirus, Pose ha prometido sacar una tercera temporada. Asimismo, It’s A Sin es un show británico que pretende esbozar las condiciones del homosexual en el Londres de las últimas décadas. Ru Paul, en su imperio de pelucas, ya estrenó la versión Drag Race en el Reino Unido y Canadá. La fiebre arcoíris, se expande.

Yo, por mi parte, me ahorraré las recomendaciones. Entre ser activo o pasivo, prefiero ser televidente.

Y criticón al mismo tiempo. 

Ver Trailer de “Pose” de FX

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Historiador, escritor y colaborador de The Wynwood Times

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