Por Jason Maldonado.

He leído con fruición buena parte de la obra narrativa de Alejandro Zambra, casi toda. Aún no me he topado con su poética, pero cuando llegue el momento seguramente lo haré. Recuerdo que leí de una sentada Bonsái y La vida privada de los árboles. Fue en año 2013 cuando un buen amigo librero puso los textos en mi mano y me dijo “léelos”. Incluso hice una breve reseña para mi blog, cada vez más abandonado, Palabras y escombros, en donde destacaba la grata sorpresa por llegar a este autor y a su obra, y sobre todo, por la concisión, por la brevedad con que logra construir su propia literatura. Después leí Mis documentos; Formas de volver a casa; No leer y, ahora, Tema libre, que es a donde debería llegar sin tantos rodeos.

“Para los lectores curiosos, éste puede ser un buen libro para conocer por primera vez las maneras narrativas de Alejandro Zambra”

Aquí, tal como ya he visto en su anterior corpus narrativo, Zambra se hace afín con una prosa pensada, pulida, que no da concesiones al balbuceo. Y si bien es cierto que Tema libre no es una novela, ni son relatos (la verdad no sé qué es, tampoco Zambra lo sabe), juega con esa prosa que envuelve para contar cualquier trivialidad, pero pasando por el tamiz del que cuenta, del que sabe que echa un cuento con la intención de atrapar al lector. Así, nos pasea por una conversación entre dos personas: ella cortazariana, él no tanto, en donde la mujer sufre una decepción al descubrir que su novio le recitaba algo que le encantaba mucho, algo que terminó siendo el famoso capítulo 7 de Rayuela.

Luego pasamos a una suerte de actividad escolar cuyo fin último es prenderle fuego a tu biblioteca y escribir un libro que no debes publicar jamás. Son, a mi entender, atrevimientos, ejercicios narrativos como diría el maestro José Balza, en donde explora situaciones básicas, pero con la conciencia bien puesta en las palabras, en el cómo decirlo.

Luego, ese hilo tan frágil entre la ficción y la realidad se termina de borrar (¿hay ficción aquí, me pregunto?), se anula, cuando el autor nos cuenta de asuntos más personales, como lo es el embarazo de su esposa, de su vida en México, de ese acoplamiento como pareja y, sobre todo, de asumir una nueva cultura, la mexicana. Y en este sentido, Tema libre, produce ese efecto, o mejor aún, esa sensación reflexiva sobre todo aquello que aborda, como es el caso de “Así que esto es un terremoto”, o lo que piensa el autor sobre las traducciones, y particularmente, sobre las traducciones de sus libros a otra lengua.

El libro es, para decirlo sin cortapisas, un collage que da cabida a sus recuerdos, a la música, a poetas, a la poesía, a las traducciones; al Zambra estudiante, escritor y padre, ese que despliega la imaginación para describir los colores del pulpo de juguete de su hijo; al recuerdo de su bisabuela aplastada por la casa en el terremoto de Chillán en 1939 y al de su abuela, que sobrevivió de milagro bajo los escombros por unas cuantas horas.

Y aunque el propio autor dice “hace tiempo que quería escribir un ensayo como este”, no me queda muy claro que sea un ensayo desde el punto de vista académico más riguroso, o tal vez y precisamente por ello (por el supuesto ensayo), es que se permite la licencia de explorar con sus ideas y las formas que el “tema libre” le permite.

Para los lectores curiosos, éste puede ser un buen libro para conocer por primera vez las maneras narrativas de Alejandro Zambra, a pesar de que en determinado momento alude a su Bonsái y a Formas de volver a casa, sin perjuicio alguno de no entender lo que cuenta o lo que narra. El autor tiene un estilo claro, definido, inconfundible. Acercarse a este libro y dar paso después a cualquier otro de su autoría (o viceversa), es darse cuenta de que hay una voz Zambra indiscutible, que va más allá de su hablar lento y pausado sobre el cual también reflexiona en este texto.

Fun Fact: la mayor parte de las veces, así lo recuerdo, resultaba terrible cuando el profesor de primaria o bachillerato, salía con la gracia de que el “tema es libre” para los trabajos. A los muchachos es mejor encarrilarlos que dejarlos por cuenta propia, aunque en ocasiones salían cosas buenas. Lo que sí fue un dolor de cabeza para mí fue trabajar en grupo, prefería mil veces el “tema libre”, pero solo.