Por Angel Moronta.

Sin ánimos de contradecir al bardo inmortal, me atrevo a buscarle las siete patas al gato literario y darle un giro a la famosa frase de William Shakespeare. Desde el punto de vista intercultural, el dilema de ser o no ser se convierte en un evento único y en gran medida una oportunidad para un niño que vive por un periodo largo de tiempo fuera de su país de origen.

Esta encrucijada en la que se encuentran los adultos al establecerse en el extranjero por períodos largos de tiempo (3-5 años), es experimentado por los niños en una forma muy particular. A través de los estudios llevados a cabo por John Useem y Ruth Hill Useem, se reconoce el surgimiento de una “tercera cultura” a partir de las interacciones que se van dando entre grupos de expatriados.

En ese punto intermedio entre el país del que venimos y el país donde vivimos, el niño genera un mundo nuevo de percepciones, experiencias y actitudes. Para el niño que vive en el extranjero, se convierte en una dinámica única y lo incorpora a una categoría que quizás muchos venezolanos no conocimos hasta que lo vivimos. Los niños de la tercera cultura o TCK’s (third culture kids) en el campo de las experiencias internacionales de largo plazo tienen mucho que enseñarnos. Si decían que los más pequeños están para enseñar a los adultos a poner la vida en perspectiva, los TCK’s nos regalan el kilómetro o la milla extra que todos necesitamos cubrir a diario. Más adelante, Pollock, Van Reken y Pollock  en su libro, Third Culture Kids: Growing Up Among Worlds (Niños de la Tercera Cultura: Creciendo entre Mundos), define en particular a los niños de la tercera cultura como “aquella persona que ha vivido una parte significativa de sus años de desarrollo [cognitivo, afectivo, socio-emocional] fuera de la cultura de sus padres”.

En un punto medio entre el país/cultura de donde venimos y el país/cultura que nos recibe, el niño construye un mundo totalmente nuevo con percepciones, apreciaciones, valoraciones, creencias únicas. No es un híbrido cultural, ni una mezcla entre culturas. Es una tercera visión del mundo. Los niños en este contexto internacional crean este espacio intermedio, y lo van “completando” a medida que interactúan con adultos y pares en su misma condición en este mundo compartido entre la primera cultura (país de origen) y la  segunda cultura (país donde residen).

En los últimos años, 5.1 millones de venezolanos o más del 17% de la población de Venezuela vive fuera de Venezuela. En una escala sin precedentes estamos ante la posibilidad de millones de niños venezolanos que son o serán pronto TCK’s con un potencial valioso para revertir dinámicas etnocéntricas, reduccionistas, y aisladoras, que atentan contra las posibilidades de encuentros productivos para el país en un escenario tanto local como mundial.

Iniciando este año escolar en otras latitudes como docente y papá de un niño de la tercera cultura, continuamente me llama la atención su capacidad de ajuste y  adaptación ante el dilema de la distancia. Cuando los adultos vemos que estamos tan lejos de nuestro origen y tan cerca de  lo “extranjero”, el TCK nos enseña resiliencia y valoración de las oportunidades. Mientras nos acercamos a mas retos (o los retos se acercan a nosotros), los niños tienen la capacidad de continuar sonriendo a pesar las adversidades. Por una u otra razón, millones de niños viven la experiencia internacional, a miles de kilómetros de sus abuelos, primos, etc., y sin embargo, siguen soñando despiertos, creando historias sobre peluches, carros de carrera, dibujando sus personajes favoritos o jugando video juegos. Se niegan a dejar de ser niños enfrentándose con inocencia y candidez al caótico mundo multicultural, diverso, dual y acelerado que los rodea.

Mientras más venezolanos, en múltiples condiciones y probablemente no necesariamente las más cómodas, continúan saliendo del país, crece el número de “niños de la tercera cultura” que son de Venezuela. Mientras más TCK de Venezuela crecen en el mundo, queda preguntarnos con mayor insistencia qué podemos aprender de los niños como símbolo de un futuro mejor, y de los niños de la tercera cultura como ejemplos de balance, resiliencia, adaptación y esperanza.

Los niños de la tercera cultura crean su espacio entre dos mundos, encontrando conexiones con todas las culturas involucradas sin adueñarse de ninguna. Reconocen la diversidad y la multiplicidad de visiones como un fenómeno natural, aceptable y lo valoran, definiendo acciones desde una visión más compleja de la que quizás pueden observar los padres.

Lo que al principio es un reto para el niño (o quizás es la manera en que los padres ven lo que le pasa a sus hijos) se convierte en una oportunidad de reflexión y crecimiento familiar. ¿Podríamos los padres y familiares verlo de la misma manera en nuestras experiencias de adultos? Queda pedirle a lucero de la mañana, como lo recomienda Tío Simón, que alumbre nuestros pasos para aprender a reconocer las señales que recibimos incluso dentro de casa y crecer en la experiencia intercultural dentro y fuera de nuestro país de origen.

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