Para Alirio Fernández Rodríguez

 

            Caracas no cayó en un solo día, la Guerra Civil de El Salvador no fundamentó sus 750.000 litros de sangre en un segundo; un libro sobre la caída o la guerra no se escribirá en una noche. Hay temas, cauces, fuegos narrativos y poéticos, hay tormentas emocionales, compendios cáusticos del ser que no otorgarán el acceso a la tentación de la luz. Reptan, decididos a esconderse y desaparecer, a no vislumbrar su propio cuerpo: son instantes que no hablan porque aún no merecemos su voz. No debemos aproximarnos hasta que la propia mano abra el acercamiento: entonces saldrá, lentamente, tímido, con miedo al daño, desconfiado, profundamente íntimo, el discurso, el sueño, la idea, hasta que en nuestras manos entienda por fin la calidez que buscamos regalarle.      

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No todos han visto crecer un árbol. En las ciudades los árboles son ausencias o invasores que se dan por sentado. Nadie ve crecer, día a día, los árboles de grandes raíces que rompen, en su crecimiento descontrolado, el concreto de las aceras, el derrotado asfalto de toda crisis. Ya estaban allí, desde siempre, los árboles venideros. Nadie ve crecer nada.Todo está allí, hecho, atribulado. Por lo tanto, todo falta. Hay cierta poética de la destrucción en la lentitud de ese quiebre. El árbol no se detendrá. La calle sufrirá las consecuencias de esa constancia. Es una constancia lenta. ¿Hay, acaso, otro tipo de duración?

            Viene el poema con su carga consciente. Es la gran cruz de los metales pesados. Ahí vive el poema que tarda dos siglos en pensarse y un siglo más en escribirse. Verso a verso. Día a día. Porque los días de este mundo no están hechos para el poema, por eso, la poesía es un mar derramado, el verso es un ciego itinerante, el ritmo busca latir como un gran corazón sin tristeza. En cambio, el día está hecho para el trabajo: las planillas, los casos, los informes, el pico que rompe la piedra, las hojas de remolacha que cambian de rumbo hacia el aceite caliente del sartén, la tierra arada aún por el buey a nuestro cargo; nada en un día común es poético y sin embargo todo lo es. Los ojos no existen para ver, existen para vislumbrar.

            La semilla, el universo, dos huellas del mismo camino. Primero cae a la tierra como una hija abandonada. La lluvia es alimentación, iniciación del crecimiento; semilla de febrero, conoces qué hacer y cómo hacerlo. Se acomoda. La fricción del ambiente no es veneno, es cobijo de fuego. Aguarda el agua. Vendrá. Volverá para ti, para explotar tu significado. Siempre que llovió volvió a llover. Es un ciclo certero, un dardo persiguiendo el ojo del blanco con una precisión matemática. Pensarás, semilla, en tu futuro. Tienes adentro el árbol, las hojas que se mecerán en el viento. No sabrás nunca que yo me perderé de tu frondosidad; paciente, crecerás hasta que mis hijos sean mayores como yo lo soy ahora y puedan observar tu destreza en movimiento.

                Un día, aparece ante nosotros la historia. Es una imagen clara de una situación que no ha sucedido. Y dentro de esa imagen hay personas. Personas que no existen ni existirán. Y esas personas modifican su entorno, hablan, se mueven, cantan, disfrutan de la vida, sufren, viajan, conmueven a otros, lloran, aman cuerpos, mienten, se entregan al vicio, superan cualquier obstáculo, caen hacia un pozo seco. Hacen, ciertamente, las mismas cosas que nosotros, los vivos. Pero nosotros sí existimos, parece; el dolor de esta mano indica que en este momento soy alguien que sufre ese dolor. ¿O son ellos, los imaginarios, quienes nos superan en éxtasis de vida? La imagen sigue allí, dos semanas después. Soñamos con ellos. Soñamos que sueñan. Pensamos sus pesadillas con una malicia simple: la de intemponerles caos tras caos. Entonces buscamos el papel. Y no sale nada. Ni una palabra. Es nuestro ámbito, pensábamos. Escribimos todos los pensamientos. Pero ahora no sale nada. Dicen los manuales que la primera oración de todo texto es la única importante. Y la última, el cierre, el golpe final que sorprenderá al lector o lo hará cerrar el libro y llorar. Lo que abrigue esa contención podrá tener cauces, digresiones, agresividades. No importa. Ya se llenará. Pero estamos frente al primer punto. El decisivo. El que llevará la historia hacia un camino de lectura o de abandono. Hoy no saldrá de nosotros ni una sola palabra. Dos meses después lo volvemos a intentar. Las imaginaciones no nos han abandonado. Siguen allí, caminando, comiendo. Debido a extrañas circunstancias, han cambiado de casa, ahora viven en la costa porque necesitan sentir la tibieza del mar en verano. Así son ellos, cambiantes, igual que nosotros. Es necesario decir algo, establecer, aún, esa primera oración que contendrá todo el universo. Pero falta la lluvia. Llegará a su tiempo. La hoja de papel no es un desierto radical. Escribir es rendirse a la espera, es observar el tránsito paciente acercarse desde un horizonte perdido. Aguardaremos el agua. Vendrá. Volverá para explotar el significado. Después de todo, siempre que llovió volvió a llover.

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