Por Jason Maldonado.

Él es un hombre culto, exquisito, de esos caballeros refinados con los que se puede hablar de todo y aprender de su notable sabiduría y conocimiento del mundo como si de un maestro se tratase; aristócrata de la alta alcurnia rusa que, gracias a la revolución bolchevique, terminó confinado en el majestuoso hotel Metropol de Moscú, lugar insignia de la capital rusa que de a poco comenzará a ser testigo del desmoronamiento de los ideales socialistas.

Él es el conde Alexandr Ilich Rostov y desde 1922 comienza a vivir su condena de arresto domiciliario de por vida y pobre de él si sale, pues acto seguido sería ejecutado. Para eso, en parte, está la presencia del funcionario del partido Ósip Ivánovich, ex coronel del Ejército Rojo quien acecha sus pasos. Sin duda alguna y desde el principio del texto, el conde resulta encantador, pues tiene la magia de quien ha visto mundo y ha sido educado en los mejores lugares. Hablar con él es una delicia, de eso se dan cuenta los que trabajan a su alrededor, los botones, las ama de llaves, los cocineros, los mesoneros y todos aquellos que de una u otra forma giran en torno al emblemático hotel.

Un caballero en Moscú de Amor Towles, da vida a un personaje que pudiera ser reflejo de la historia real de muchos que, así como él en la ficción, padecieron los atropellos de los recién llegados al poder. Sorprendido e indignado y una vez llegado a su nuevo aposento, vio como muchos de sus artículos personales tomaron otros rumbos, cuya respuesta a su interrogante fue “pasarán a ser propiedad del pueblo”. Y ni hablar de la exclusiva carta de vinos del hotel, eliminada para siempre, puesto que “contradice los ideales de la Revolución. Se supone que es un monumento a los privilegios de la nobleza, la decadencia de la intelectualidad y la abusiva política de precios de los especuladores”.

Para un hombre criado en una mansión de veinte habitaciones y con catorce empleados domésticos, no sería nada fácil. Temió que aquel encierro le deparara la locura, pues sabía que el hastío, “ese temido lodo de las emociones humanas”, podría hacer de él un hombre chato, ramplón, pero tendría toda una vida, su vida, para darse cuenta de que no sería así. El narrador omnisciente dice entonces que, así como “Teseo tuvo a su Ariadna… Ulises tuvo a su Tiresias [y] Dante a su Virgilio”  el conde Rostov halló a Nina Kulikova, una niña de nueve años, sagaz, inquieta y muy inteligente, que por mucho tiempo lo llevó a conocer los lugares más ocultos del hotel Metropol. El conde pensaba que se conocía todo el lugar, pero “en cuanto Nina le dio la mano, se dio cuenta de su ignorancia”.

Pasaron los años y aquella niña de nueve años se hizo mujer; tomó nuevos derroteros tras abandonar el hotel y volvió después para pedirle un inmenso favor al conde: que se encargara por unos días de Sofía, su hija de cinco años; tan vivaz como lo fue de pequeña su madre, quien no volvió nunca más al Metropol. Luego el tiempo hizo lo propio con Sofía hasta convertirla en una joven hermosísima, amén de una extraordinaria pianista, hecho que le valió la libertad en un memorable pasaje del libro digno de película.

Un caballero en Moscú es una obra de la narrativa actual que merece su lectura, de esas historias que llegaron para quedarse junto a personajes bien delineados, con sus virtudes y defectos dentro de una sociedad hostil como producto, en parte, de sus posturas políticas. Caro le salió al conde Rostov volver de París a Moscú para rescatar a su abuela cuando estalló la revolución bolchevique: una buhardilla como prisión.

Fun facts: del comunismo no sale nada gracioso. A muestra esta cita: “Ésa había sido la mayor innovación de Lenin: una cola que, como el propio proletariat, era universal e infinita. La estableció por decreto en 1917 y la encabezó él mismo mientras sus camaradas se empujaban unos a otros para colocarse detrás de él”.

O esta otra: “¿Sabías que en los años treinta, cuando se anunció la colectivización obligatoria de las granjas, la mitad de nuestros campesinos sacrificaron su ganado para no tener que entregárselo a las cooperativas? Catorce millones de cabezas de ganado que se comieron las águilas y las moscas”.

Aunque esta otra pudiera arrancar una sonrisa: “Tolstói y Chéjov, los sujetalibros de la narrativa”.

Y en pleno siglo XXI aún hay gente que cree en el comunismo.

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Licenciado en Letras y escritor.

Columnista en The Wynwood Times:
El ojo del vientre

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