Por Aglaia Berlutti.

Hace unos meses, alguien me insistió que enfurecerme en público era una forma de “debilidad”. Me lo dijo luego de que enfureciera durante una obra de teatro especialmente emotiva y que no sólo no intentara ocultar mi estado de ánimo, sino que además, no me avergonzara en absoluto por mis emociones. Cuando le pregunté por qué motivo debería sentirme cohibida de mostrar cómo me sentía, me sonrío con cierta incomodidad.

—Se trata de algo privadísimo, tanto que puede resultar incómodo para quien te rodea  —me explicó—, a nadie le gusta una mujer disgustada o de mal humor. No es muy femenino que digamos. No es natural, en realidad.

La frase me desconcertó, aunque por supuesto, no es la primera vez que la escucho. Más de una vez me he enfrentado al prejuicio evidente contra la mujer que no se atiene al estereotipo de lo femenino delicado y frágil. Con todo, nunca deja de sorprenderme el hecho que a la mayoría de la gente que conozco, le continúe resultando incómodo la idea de una mujer que demuestre su ira con toda libertad y franqueza. Como si el hecho mismo de expresar su personalidad con todos sus matices contradijera la noción ideal que la cultura en que nací construye alrededor de la figura de la mujer.

Dicho así, suena un poco melodramático. Pero cuando debes enfrentarte a diario a una percepción sobre lo femenino incompleta y que la mayoría de las veces desconoce las dimensiones y la profundidad de la personalidad de una mujer, no lo es tanto. Se trata de una perspectiva que intenta cercenar la comprensión de la identidad hasta hacerla encajar en un molde restringido y anónimo. Una visión sobre el quién somos — pero sobre todo, quien queremos ser —  que debe amoldarse a los límites incómodos de una visión conservadora y asfixiante.

Por supuesto, la mayoría de las mujeres de mi generación han tenido que enfrentar el incómodo tópico sobre el deber ser femenino en más de una ocasión a lo largo de su vida. En mi caso, desde la niñez. Cuando era una niña pequeña, era muy malcriada. Más de una vez, mis maestras y algunos de mis parientes insistían en que tenía un “preocupante” mal temperamento: era en ocasiones respondona y además, era preguntona. Una combinación preocupante: la pesadilla de cualquier padre, supongo. Pero para mi abuela, mi mal temperamento era antes que un defecto, algo mucho más complejo y en su opinión benévolo. Solía insistir que era “libre”, aunque con seis años, yo todavía no entendiera muy bien el sentido de esa palabra  — sus implicaciones —  y sobre todo, cómo podría relacionarse a ese “defecto” que parecía preocupar a todo el mundo.

Un tipo de libertad que descubrí bien pronto tenía un precio específico: nuestra cultura parece desdeñar a la mujer que se encoleriza, a la que no siempre tiene la necesidad de sonreír y comprender. Se celebra a la mujer abnegada, a la bondadosa, a la amable. Pero ¿Qué ocurre con la que se enfurece? ¿Con la que aprieta las manos con ira sin disimularlo? ¿Con la que grita y discute? ¿Con la que no siente la necesidad de ocultarlo? Palabras y términos sobran para definirla: desde la celebérrima “Histeria femenina” que fue tan popular a mediados del siglo XIX hasta la tradicional “cuaima” Venezolana, la cólera de la mujer siempre debe tener un sentido de competencia sexual, de evidente debilidad de criterio. La mujer que se enfurece es una idea extraña en un mundo que celebra lo femenino desde esa visión de lo tibio, de lo accesible, de lo simple de una emoción sujeta a una idea que la sostenga.

Una vez, investigando sobre la cólera y la ira, encontré que hasta el siglo XVII a la mujer iracunda se le consideraba “poseída” por algún “demonio” violento. De nuevo, esa necesidad de achacar a una entidad sobrenatural la voluntad y la opinión de la mujer. Más curioso resultó encontrar que por décadas enteras, la Inglaterra Victoriana insistió que la mujer colérica sufría de alguna afección del carácter que la masculinizaba. Otra vez esa idea de asumir que la ira femenina no puede brotar por derecho propio, por una emoción compleja y concluyente que le pertenezca. Hay una idea que se muestra y se asume, pero que no se termina de entender bien: se insiste en la bondad de la mujer, en su delicadeza, pero ¿Y dónde queda lo árido, lo fuerte, lo virulento de la expresión emocional femenina? Tal pareciera que la cultura no comprende la dualidad, esa capacidad para la alegría y la cólera que se niega a la identidad de la mujer sin que sepamos bien el motivo. ¿Donde ocurrió la grieta entre la mujer poderosa y la mujer sumisa que nos heredó una imagen femenina incompleta? ¿Qué pasó entre la mujer poderosa, la espartana, la Romana que se convirtió en la beldad cubierta en velos del Romanticismo? Un planteamiento que parece transitar entre la cultura que aplasta y la visión social que restringe. Y más allá, el temor que parece producir ese femenino poderoso, desconocido y portentoso del que poco tenemos noticia.

Por siglos, la Ira de la mujer ha sido un secreto bien guardado, aunque históricamente, ya se tenía por un atributo peligroso, inquietante y asombroso. También tenía un intricando vínculo con su poder sexual y su fuerza creativa individual. Ya era evidente en la primitiva mitología griega, donde la Poderosa Afrodita, Diosa del amor sexual, parecía encolerizarse con muchísima frecuencia: Como en el Mito de Mirra, Princesa de Siria, a quién inspiró un amor incestuoso por su padre, luego de que este insinuara que la belleza de su hija sobrepasaba la de la Diosa. La ira femenina convertida en designio divino. También Kali, la Diosa Hindú, considerada Madre de todo lo creado y aspecto destructivo de la Divinidad, manifiesta de manera muy clara esa ira voluptuosa y directa, esa percepción de la ira de la Mujer como instintiva, primitiva y elemental. ¿Se trata de un paralelismo con la Madre Naturaleza, cruel y hermosa a la vez? Muy probablemente, pero también, una idea que parece abarcar el papel del género en la sociedad a la que pertenece, esa percepción cultural de la mujer emocional, la mujer cuya ira carece de razón y que aparentemente proviene del instinto. Porque mientras los Dioses se enfurecen de manera exaltados en la razón y la guerra, las Dioses expresan una cólera emocional tan profunda como evidente. Una idea de cultura tan arraigada que al analizarla nos sorprende su implicación social.

Sin duda, la mujer que se enfurece es una figura que se minimiza en esa cultura que alienta la bondad  — sin matices —  y la sumisión como características de lo femenino. Caricaturizada por la literatura y observada con desconfianza desde el pensamiento filosófico, la ira de la mujer se reduce a una especie de expresión visceral, sin una idea que la sostenga, dentro de la visión de la cultura que reprime. Ejemplos sobran: desde la Fierecilla Domada de Shakespeare pasando por la Naná Emile Zolá, a la furiosa y reprimida Amaranta de Cien años de Soledad de Gabriel Garcia Márquez, la furia femenina parece expresarse de manera exagerada o al contrario, de forma tan discreta que se convierte en algo semejante a la frustración y al dolor del silencio. Muy probablemente herencia de esa educación patriarcal que aplasta a la mujer bajo el manto de la dulzura, de la expresión de una sensibilidad romántica o algo muy semejante a la debilidad.

Hace poco, una amiga me comentaba que el Gerente de Recursos Humanos de la empresa donde trabajaba, insistía en que las mujeres no debían “mostrar su rabia” porque era poco profesional. Mi amiga intentó comprender el concepto como una manera de asumir la tolerancia en las relaciones interpersonales y la resolución no agresiva de los conflictos, hasta que recibió un memo donde se le insistía en que “la mujer siempre debe sonreír” . Cuando reclamó sobre el concepto sexista que traía aparejado la indicación, el jefe de Recursos humanos le explicó que una mujer disgustada es “vulgar”.

—Fue un menosprecio directo hacia mi manera de expresarme  — me explicó preocupada —  y lo peor, es que no pareció entender nunca que es grosero insistir en un punto de vista tan limitado sobre la mujer.

—¿Se lo explicaste?  — pregunté. Mi amiga me dedicó una sonrisa cansada.

—Lo llamó “histeria” femenina  —me explicó—  me dijo que una mujer “emocional” no está bien vista y que es “poco profesional” independientemente de mi desempeño o mi manera de trabajar. Me dejó muy claro que en un hombre el carácter es un rasgo deseable, pero en una mujer es sin duda, un defecto.

Porque claro está, el menosprecio y desconfianza hacia la ira femenina no se trata sólo de una insistente necesidad cultural de ocultar todas las dimensiones de la personalidad femenina, sino además disminuir e infravalorar todo lo que atañe a las emociones como una forma de expresión natural. Como si la ira  —saludable, bien encauzada y sobre todo, comprendida como una forma de expresión—  fuera en la mujer una faceta reprobable, que debe ocultarse y la mayoría de las veces, disimularse.

Pienso en todo lo anterior mientras leo sobre el trabajo de la poetisa Lora Mathis, quien lleva varios años analizando el problema, sobre todo la insistencia en menospreciar el valor y la profundidad de las emociones femeninas en beneficio de una tortuosa idealización social. La artista insiste en la necesidad de asumir lo que llama “la suavidad radical”  —que podría definirse como una admisión sincera de la propia vulnerabilidad—  como una forma válida de asumir la importancia y valor de nuestros sentimientos y cómo los expresamos. Según Mathis, su objetivo principal: “aceptar mi propia vulnerabilidad y saber que no hay nada de malo en ella”. Mostrar en público y desde la percepción de la fortaleza intelectual, que la tristeza, la humillación, el dolor, la ira son construcciones válidas y emocionalmente saludables de la vida espiritual de cada uno de nosotros. El punto de vista de la poetisa ha logrado reconstruir el discurso sobre la expresión de las emociones y sostenerlo sobre una inteligente estructura de pensamiento que asume el valor de la supuesta “debilidad” y la engañosa noción sobre la “felicidad” femenina, herencia de una larga historia de dominación y control sobre la personalidad y la figura femenina. La “suavidad radical” no consiste en tragarse la rabia, el dolor o el agobio, sino normalizar su existencia. Insistir en la necesidad de comprender las emociones  —cualquiera de ellas—  como parte de una visión compleja sobre la mujer y su individualidad.

Pensé muchísimas veces en esos conceptos con el transcurrir de los años. Continúo expresando mi cólera lo mejor que puedo  — y siempre que puedo —  para demostrar  —y demostrarme—  que la ira es parte importante mi complejo aspecto emocional. Claro está, me han llamado “histérica”, “loca”, entre toda la serie de epítetos que intentan definir a la mujer que no se comprende a sí misma dentro del estereotipo, pero nunca me ha importado demasiado. En realidad lo que sí me importa es mi capacidad para oponerme a esa idea simple de la mujer como expresión de la cultura que educa para restringir e insiste en limitar. La mujer colérica que soy es una de esas visiones de mi feminidad que reconstruye la identidad parcial que impone la cultura donde nací en una visión más amplia de mi personalidad.