Es de todos sabido que en el ágora ateniense se reunía la gente a compartir, conversar y aprender. En ese espacio magnífico en sus dimensiones y en su belleza arquitectónica podía hablarse de filosofía, arte, política, incluso de temas banales como los besos románticos que daba Pericles a su amante Aspasia.

Sabemos que ese tiempo de esplendor intelectual nunca pudo ser replicado. Aunque hubo grandes plazas mayores en Europa y en América, aquella vida de encuentros y comunidad no alcanzaba sino para escuchar los llamados de los mercaderes, la algazara de los más jóvenes y algún edicto proclamado a voz en cuello. Luego con el devenir de las centurias esos espacios de convivencia pasaron a ser usados por ancianos o por niños pequeños con sus madres.

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Hoy las reuniones en áreas públicas quedaron para las concentraciones conmemorativas donde se gritan consignas, se hacen pintadas a próceres y se daña el ornato citadino. Y si vamos más allá, ahora el ágora se ha virtualizado, se ha trasladado a las redes sociales que hacen las veces de estrado, púlpito y cadalso. 

Si en el ágora ateniense se descubrían liderazgos, se entendían ideas filosóficas y se vislumbraban guerras por venir, hoy en las plataformas sociales es usual ver cómo cualquier hijo de vecino anda cazando pelea urbi et orbi, o sea a los cuatro vientos digitales con aquellos que en ejercicio libre de pensamiento deciden compartir sus modos de mirar la vida. Es decir, mi opinión es mejor que la tuya porque sí, porque yo lo digo, porque tú estás equivocado. ¿Y dónde queda la facultad para expresarse en plena autonomía mental? ¿Adónde se fue el respeto por las opiniones de los demás? No se sabe, a nadie parece importarle. A mí sí. 

Por eso vuelvo a la cita perfecta de Voltaire que reza: «No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo». Un pensamiento memorable donde los conceptos de tolerancia y solidaridad juegan un papel importante. Lo que me lleva a dudar sobre la comprensión de esas palabras, sobre todo en esta época donde abundan los expertos nómadas injuriosos que con naturalidad van, de cuenta en cuenta, señalándole a otras personas faltas con el dedo acusador delante de los cuatro que los señalan a ellos en simultáneo.

Creo que cada espacio presencial o virtual donde la gente comprenda que todos podemos expresarnos con libertad y respeto es una muestra, una garantía de manejo efectivo de las inteligencias… la lingüística, la interpersonal, la emocional, sobre todo esta última, porque las sensibilidades parecieran ser costras que sangran con facilidad.

No estamos en una plaza donde nos vemos las caras y validamos las actitudes por lo que con claridad percibimos frente a frente. No. Estamos en una simulación de verdad, ante una verosimilitud puesta en duda, donde las apariencias engañan y nadie conoce al otro ni someramente, mucho menos en profundidad.

Hagamos de la vida en el ágora virtual la sede de los encuentros amables, el aprendizaje significativo y la discusión nutricia.

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