Por Florángel Quintana.

Ha expresado el Dr. Mario Alonso Puig: “Es normal que nuestros hijos se den golpes, experimenten frustraciones y experimenten dolor, si no, no hay crecimiento. Hay que valorarles, desafiarles y acompañarles y luego dejar que la naturaleza obre”.

A ver… ¿Cuántos de nosotros, papás y mamás de jóvenes milénicos, deseamos “dejar que la naturaleza obre”? Somos una generación de padres cuyos progenitores eran absolutamente invasivos. Nos mantenían como en regímenes: ordenados, controlados, vigilados. Por esta razón muchos de nosotros, sentimos que la libertad al criar hijos estaba sustentada en la confianza. Sin embargo, siendo sinceros… Hemos hecho una mezcla de crianza sui generis que conlleva los parámetros de “¡ey, pajarito, dime para dónde vas!” con “tú sabes cómo comportarte, confío en tu buen juicio”.

Muchas madres, sobre todo, pretendemos no mostrarnos como madres-gallinas con el pío-pío siempre bajo las alas, aunque por dentro las llegadas tarde a casa de nuestros polluelos sean un completo suplicio. En general hemos adoptado patrones de comportamiento balanceados entre un tanto de rigor [“Soy tu madre y me debes consideración”] con algo de camaradería de una amiga cercana.

La palabra clave aquí es desapego. El diccionario de la Real Academia expresa: Falta de afición o interés, alejamiento, desvío. Entonces entendido el término y aplicándolo al mundo familiar milénico supone tomar distancia… Pero no porque haya falta de interés, obvio que no, sino porque desde el “dejar ser” podemos tener una vida emocional sana. No solo nosotros los afanados padres generación X, sino ellos, los dilectos Millennials, independientes, autosuficientes y (a medias) autónomos.

Cuando el joven milénico aún no abandona el nido, es cuanto mayor debe ser esa actitud desapegada de distancia. Decirnos que él puede solo, que él puede resolver, que él necesita demostrarse a sí mismo que tiene fortalezas suficientes para enfrentar un mediodía sin almuerzo listo, por ejemplo.

Hemos acostumbrado a nuestros hijos que en ciertas circunstancias estamos presentes, allí, a la disposición. Ellos han convenido es sentirse cómodos con eso, siempre y cuando no haya insistencia de nosotros, los padres del siglo pasado.

El desapego puede ser a veces una pretensión, esto lo entienden las madres controladoras… Queriendo saberlo todo y estando con el mando a todo dar, fingimos demencia para aliviar la presión de nuestra voz de progenitora antigua: “¿En qué estás gastando tu dinero? ¿Por qué no vas a venir a cenar? ¿Cuál es el teléfono de tu mejor amigo (digo… por si una emergencia)?”.

Lo sensato es entender, de una vez por todas, que hay que dejar a nuestros chicos crecer, llenarse de polvo, frustrarse y, en verdad, sufrir si es necesario. De eso se trata la vida: estar seguro con el maíz suficiente y a tiempo o ser lanzado al ruedo donde se reciben picotazos de contrarios. Total, el pollito hace rato es un gallo de alta cresta.