Dice Hanna Arendt que cuando un niño se incorpora a la sociedad, es decir, cuando nace, le proporcionamos un nombre a los efectos de darle la bienvenida como un miembro potencial de la sociedad de la cual formamos parte. Se trata de decir quién es este que se incorpora con nosotros, a sabiendas de que, eventualmente, se convertirá en un ciudadano con capacidad para actuar en un plano de igualdad. Llegado el momento esa persona podrá emitir una opinión, hacerse responsable por sus actos, realizar contratos. Digo eventualmente, porque se entiende que un niño no está en edad para decidir por sí mismo aquello que le conviene, ni siquiera para saber si aquello que desea también le beneficia.

Entendemos que los adolescentes adolecen de capacidad moral suficiente para distinguir lo bueno de lo malo, por eso se ha validado la doctrina de que ambos, niños y adolescentes deber ser protegidos. La responsabilidad moral de los adultos está referida, en este asunto, al resguardo de quien lo requiere. Los menores de edad no lo son en vano, tienden a ser una pizarra en la que apenas se está empezando a escribir, carecen de experiencia y muchas veces no son capaces de protegerse por sí mismos en contra de la tentación. Esto a pesar de que creen “sabérselas todas” y a veces se pongan rebeldes. 

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Uno entiende que un acto de seducción poética puede ser algo hermoso cuando se hace con la persona adecuada. Es decir, con alguien a quien queremos o al menos que nos interesa. Pero usar la palabra para seducir a alguien que no es capaz de valorar en su justa medida las implicaciones y los contenidos de sus propios actos es, como mínimo, algo desalmado, impropio, cobarde. He leído con cuidado el hilo de wasap que muestra el intercambio “literario”, debemos llamarlo de algún modo, entre Willy Mckey y una joven identificada como Pia

El tipo escribía bien, sin duda. Los textos rescatan un intercambio textual que de pronto, así, sin mucho se convirtió en sexual. Aun cuando ella no se encontraba en edad para proporcionar su consentimiento. Él la convirtió en “cómplice”, pero sobre todo la convirtió en víctima. Uno puede decir muchas cosas sobre Pia. De hecho, la gente en las redes lo ha hecho de manera descarnada. Se ha dicho que era una niña con poco pudor, que como es que iba a encontrarse a solas con un hombre, que donde andaban los padres. Posturas que esconden tras de sí los resabios de una sociedad machista que pretende convertir a la víctima en la culpable de su propia tragedia. Es tanto como decir que ella lo tentaba, quizás algún remanente de alguna desviada comprensión de la moral cristiana que hace de la mujer un objeto tentador y no un ser humano.

Parecen olvidar que acá el adulto era el Sr. Mckey, que a él le correspondía colocar los límites, que en todo caso él no debía caer en la tentación. Si bien la chica se puso a distancia de tiro, debemos llamarlo de alguna manera, no es menos cierto que Mckey haló el gatillo sin detenerse a pensar en el grado de incorrección de sus acciones. Por el contrario, en el intercambio epistolar, debemos llamarlo de alguna manera, se hace evidente que sus acciones están guiadas pura y simplemente por el deseo. Como si un hombre público de 36 años no tuviese responsabilidad para con la sociedad en la cual vive y desde la cual se supone que piensa y opina.

Cierro los ojos y puedo imaginarme a Mckey llevando hasta sus labios la formula perversa que lo transforma. Así el líquido va bajando por el gaznate y en un instante el poeta reconocido como era se ha convertido en una especie de Mr. Hyde, que se dedica a seducir carajitas con poesía y promesas vacías. Sin duda, “algo huele mal en Dinamarca”. Uno puede imaginárselo en medio del desorden, frotándose las manos y esperando el fogonazo del que tanto se jacta en sus escritos de amor con la pequeña que apenas hacia pocos meses había celebrado sus 15 años.

Creo que este caso habla de la perversidad de nuestra moral pública, hemos perdido los límites del quehacer cívico, el sentido de lo que nos corresponde cuando pretendemos que se nos considere ciudadanos de pleno derecho. No me alegra el suicidio de McKey, no soy de aquellos que celebran la muerte. Me parece que ese es un acto inútil. Pero debo confesar que me alivia un poco saber que este sujeto perverso, como lo era, no estará mas entre nosotros. Un intelectual no es solo alguien capaz de pensar acertadamente sobre algunos temas, además está obligado a modelar la sociedad en la que vive o desde la que piensa. No tiene derecho a utilizar su posición de reconocimiento para aprovecharse de los demás, para denigrarlos, para pasar por la cama, así como si nada, a quien aun no puede decidir sobre su cuerpo o sobre su sexualidad.

Siempre he tenido una relación ambigua con el suicidio, no me gusta, me parece sobre todo un acto de cobardía. Me imagino que uno debe estar muy arrinconado para siquiera pensar en ello. Pero a menos que uno sea un samurai no creo que quitarse la vida, como algunos otros han sugerido, limpie nuestros pecados. Entiendo que alguien quiera huir de su propia circunstancia, pero al final nadie puede escapar de sí mismo.

Este caso es para mí particularmente difícil de descifrar, hay un podcast en el cual Mr. Hide junto con el fulano Profesor Briceño en el cual se dedican a denigrar de las mujeres, hablar de la posibilidad de drogarlas, piden la crucifixión de las “calienta braguetas”, que sin dudas las hay. Allí se muestran ambos, hay un tercero que no conozco, jaquetones, sobrados, con quien se ha comido el mundo. En realidad, no son más que las sombras terribles de quienes se han negado a madurar, vaya una forma de hacer humor, vaya una forma de ejercer el oficio de pensador. Lo curioso es que la sociedad venezolana valide este tipo de comportamiento, que nos riamos de las idioteces de unos tipos barbudos y canosos que nos hablan desde sus frustraciones y su profundo infantilismo. Al parecer Briceño no es tan “imparable” como pretendía serlo. Pero, peor aún es que luego de este caso se hayan desatado una ola aún mayor de acusaciones. Al parecer se trata de un tema que pica y se extiende en medio de una profunda degradación moral.

Sí, McKey duele; sin duda, duele.

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