Cuando se visita la literatura, se espera conseguir respuestas a cuestionamientos proyectados como enigmas de la humanidad. Rara vez, nos encontramos con trabajos literarios y escritores cuyo legado construyan nuevos cuestionamientos, y de cierta forma, incurran en un camino en donde siempre nos lleven ventaja. Tal es el caso de Virginia Woolf, una escritora que ha dejado un legado más allá de la literatura. Es una figura tan trascendental que, a esta fecha, su legado se sigue deconstruyendo. Su libro “Un cuarto propio” llegó a mis manos un par de años atrás gracias a una charla dictada por una conferencista colombo argentina que celebraba las constelaciones femeninas en la literatura. En la conferencia, estableció que, para empezar a leer a las mujeres escritoras a lo largo de la historia, había que iniciar con “Un cuarto propio” de Virginia Woolf. Inmediatamente fui a la librería y adquirí la edición conmemorativa de los sesenta años de la editorial Lumen. Al abrir la segunda página, encontré que había sido traducida por un autor del que apenas aprendía dimensiones y literatura inglesa: Jorge Luis Borges. Su legado, como el de Woolf, aviva nuevos cuestionamientos cada vez que se estudia.

Las voces con las que crecimos

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Quienes hacen las voces de muchos de esos personajes que hoy conocemos vinieron a Venezuela para compartir con el público que creció escuchándolos.

“Un cuarto propio” es un ensayo que escribió Woolf en el año 1929. Este ensayo, como casi toda su obra, es una propuesta para deconstruir y entender su vida. La misma Woolf admite en el segundo capítulo que lo que escribe a veces lo hace con enfado. 

Lo que sigue atormentándome es el veneno

 de amargura y temor que engendraron aquellos días.

Virginia Woolf, “Un cuarto propio”

Este ensayo magistral aborda la posición de la mujer en los tiempos que habitaba la escritora y, a su vez, describe la posición de la mujer en una sociedad patriarcal y las consecuencias que conlleva la subordinación del género en un mundo dominado por los hombres. El ensayo también es una propuesta para revelar una voz narrativa femenina que rompa moldes costumbristas y construya, de mil y un maneras, su cuarto propio.

Pero ¿cómo puede construirse un cuarto propio alejado de simbolismos? ¿será vigente el mensaje casi más de 100 años transcurridos, donde la mujer ha encontrado, entre muchas cosas, formas ya de narrarse? ¿Cuál es el legado que nos deja Woolf y cómo son los cuartos de ahora? 

Como escritora novel en búsqueda de referentes que hayan impulsado voces, acepté el reto de examinar estos cuestionamientos. Claro está que seguramente tomará más de un ensayo y una rigurosa lectura de la autora contestarlos, pues, ¿no es su obra la que, con cada lectura, nos trae nuevas preguntas aún a este día? Aún así, trazaremos un recorrido breve, aunque preciso, por un intento de determinar si la forma de Woolf de construir su cuarto propio mantiene vigencia y pueden ser, ajustados a la época, replicables. 

Empezaremos por construir el cuarto propio de la autora. Virginia Woolf nace en Londres producto del segundo matrimonio de Leslie y Julia. Leslie sería la figura que educaría a Virginia y Julia una madre distanciada cuya muerte le proporcionaría el primer disparador de su depresión. Virginia nace en la época de la mujer victoriana caracterizado por tres elementos claves. El primero, la sumisión. Aquí, la mujer ocupa un lugar totalmente subordinado al hombre en una sociedad patriarcal. Segundo, su función social se limitaba a realizar labores del hogar y producir hijos dentro del matrimonio. Finalmente, los sueños no eran considerados como parte de su destino: por lo contrario, la mujer victoriana no podía trabajar, estudiar o ejercer cargos públicos. Veremos que gran parte de la obra de Woolf posee un toque de autobiografía. En “La señora Dalloway” nos encontramos con una mujer de sociedad inconforme con su vida. Esta mujer de 51 años, victoriana, se ubica en una Inglaterra posterior a Primera Guerra mundial. El personaje se pregunta qué podría haber sido de su vida. Esta obra reniega de las costumbres tradicionales que buscan uniformidad y propone nuevas formas.

De muchas maneras, el camino de Woolf fue así: Fue educada en casa, recibía visitas de gran trayectoria cultural, se le inculcó el amor al arte, construyó el Círculo de Bloomsbury y formó parte de una sociedad hostil a la uniformidad social de la época. Pero esto no basta para construir el cuarto de Virginia, pues éste está lleno también de grandes oscuridades. Su condición, que ahora se reconoce como enfermedad bipolar entre los expertos, empezó cuando su madre murió. Un par de años después, mueren dos de sus hermanas y, a sus 23 años, la autora escribe que “le ha pasado lo peor que le podría pasar en la vida”. Su padre muere de cáncer repentinamente. Hay un componente histórico que ha sido concluido tras el estudio de sus diarios, y es que Virginia y su hermana Vanessa fueron abusadas sexualmente a lo largo de su vida por dos de sus hermanos. Este compendio de eventos desafortunados llevó a que la autora sufriera de bipolaridad y depresión, concluyendo con su vida una noche en el río.

En este sentido, la forma del arte y el cuarto que habita el artista posee una gran influencia de sus vivencias personales. Si bien la vida aristocrática de Woolf le trajo cierto ventajismo en comparación con otras mujeres de su época con el acercamiento tan íntimo hacia la literatura, su condición de mujer le otorgó una serie de experiencias y limitaciones que, desafiadas, la empujaban a habitar un cuarto sumamente oscuro. 

En muchos sentidos, el compañero de viaje es tan importante como el destino. Por ello, cuando Leonard Woolf, el teórico político, escritor, editor y funcionario público, llega a su vida, Virginia se reconcilia con ciertos aspectos de su feminidad y sexualidad. Juntos instauran Hogarth Press, una editorial que publicó autores como Sigmund Freud y D.S. Elliot. Tras tres años transcurridos de su matrimonio, Virginia Woolf fue sumamente prolífica:  publicó once libros. Cabe mencionar también que, durante un tiempo, sostuvo una relación con Vita Sackville West, la mujer que la inspiró a escribir una de sus mejores obras, Orlando.

La vida con Leonard fue atípica para la época. Él la veía como su igual y apoyaba, también, su desarrollo. Imagino un cuarto compartido donde aquel compañero incondicional le borrase temporalmente las heridas. Imagino, dentro de esa misma casa, un cuarto propio, donde Woolf se hiciera preguntas, con quinientas libras esterlinas en el bolsillo, y empezara a escribir.

Cabe también deconstruir sus textos. Los mismos fueron altamente autobiográficos. La autora buscaba respuestas para llegar al corazón de asuntos que le construían el cuarto interno. Veremos que sus obras poseen tres aspectos fundamentales que se dibujan con más facilidad si examinamos su vida. Primero, la escritora utiliza la identidad como base. Esta identidad repiensa cómo los recuerdos de la infancia llegan a ser la base de todo. En su narrativa, nos encontraremos que existe un deseo de convertir los momentos fugaces se dibujen en elementos permanentes. Así, se contestan preguntas y se resuelven los conflictos. Segundo, las novelas de Woolf se alejan de la trama y, en su lugar, nos encontramos con una repetición de imágenes. También hay un interés punzante en las estrategias del tiempo, asociado a los recuerdos las ideas y cómo estos elementos logran producir un sentido de identidad. Por último, sus textos están dominados por una corriente de conciencia, tomando forma a partir del monólogo interior ampliamente influenciado por Joyce. En ese sentido, su narrativa muestra múltiples capas de pensamiento que están sucediendo en la cabeza de los personajes todo el tiempo.

Pero este cuarto que vio cara a sus mejores obras quizá no fue suficiente para sublimarle los fantasmas. Un día, Woolf decide despedirse del mundo y de Leonard. Lo hace escribiendo.

No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido tú y yo.

Virginia Woolf.

Y entonces, ¿cuál es la vigencia del cuarto? ¿Cuál es el legado? ¿Cómo se construye el propio?

En el ensayo “Un cuarto propio”, Woolf dice que, para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio. Pero para fines contemporáneos, en donde ya las mujeres poseen las quinientas libras esterlinas y un cuarto propio, el mensaje pueda no resultar trascendente. Sin embargo, una segunda mirada a este ensayo nos enseñará que su trascendencia se inclina a trabajar por las sociedades hostiles, pero trabajarlas hasta en “la oscuridad y la pobreza”. En estudiar la forma en la que se desenvolvían nuestros antepasados para entender cómo hemos llegado aquí, los logros, los desaciertos y todo lo que nos queda por mejorarlo. En adiestrarnos para escapar de la uniformidad, si así queremos, y adjudicarnos a ella, si nos construye, pero, entender que el poder ejercer esta decisión es un evento cargado de soledad. El mensaje, alejado de simbolismo político, no es más que una forma de alentar el riesgo, encararlo distinto, mirando al pasado, pensando en el camino por construir y resolviendo lo que se traza en el ahora. 

En este ensayo, hemos estudiado la forma de uno de nuestros antepasados y referentes: Virginia Woolf. Hemos entendido su historia, deconstruido su obra narrativa y brevemente, hemos analizado su propio cuarto. De alguna forma dentro de estas páginas, hemos construido juntos un cuarto que, si bien no es propio, es un germen que despertó hace más de cien años en una mujer rotunda que nos aventuró a construir el propio. 

Es una guía práctica, si se quiere, para construir los cimientos de toda una casa.

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