Escribo este texto el domingo siguiente a la semana en que Willy Mckey, escritor venezolano acusado de pedofilia y abuso sexual. Se suicidó en Buenos Aires, abriendo una brecha definitiva en un hecho histórico de proporciones incalculables. Lo hago, mientras leo en mi TimeLine de Twitter, la sacudida moral y espiritual que el #YoSiTeCreo venezolano ha desencadenado a todo nivel, en todos los ámbitos. Durante los últimos seis días, he leído más de mil testimonios privados, de mujeres y hombres abusados, maltratados y violados por parientes, compañeros de trabajo y desconocidos. Escribo y en mi buzón de correo llega una nueva confesión. Alguien que no desea “que se haga público su caso”, que sólo necesita poner en palabras lo que le ha ocurrido. Que sólo quiere que alguien “sepa lo que es vivir con el cuerpo convertido en un campo de heridas abiertas”.

Estoy llorando. Lloro de furia, cansancio y confusión. Lloro porque intento, en la medida de mis posibilidades y de mi energía, que toda la tragedia de una semana que quizás cambió la narrativa sobre el abuso sexual en el país, tenga una conclusión poderosa. Que nos lleve, en medio del escándalo y de la tragedia de la muerte en alguna dirección. Otro testimonio. Alguien me cuenta como fue violada por su tío durante años. “Y me callé hasta que supe que podía hablar”, escribe. “Que no tenía porqué quedarme callada aunque no sé si lo mejor es decir nada, en un país que te odia por ser mujer”. 

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Leo la frase y pienso que cuando eres activista, cuando decides de una manera u otra dedicar tu vida a esa pequeña batalla diaria de encontrar cómo ayudar, sin saber si lo haces bien o mal, llegará un día en que comprenderás la responsabilidad que llevas a cuestas. En que sabrás, que no se trata sólo de llamarte feminista, de escribir artículos para hablar sobre conceptos, sino que llegará el momento en que deberás asumir el peso de todo lo que significa intentar cambiar el mundo, para bien. Ese momento llegó para mí esta semana abrumadora, devastadora, tan dolorosa como para dejar una herida difícil de explicar en pocas líneas, difícil de explicar mientras los testimonios llegan y en las redes sociales del país, el miedo y la rabia sacuden la conciencia de un país que por demasiado tiempo guardó silencio. ¿Qué puedo hacer?, me digo, en este domingo silencioso, mientras leo la forma como la repercusión del #YoSiteCreo, sigue haciéndose mayor, cada vez más complicada. ¿Qué podemos hacer como sociedad y como cultura, para entender la envergadura de un fenómeno que está destinado de una manera u otra, a cambiar el rostro de la mujer víctima, de la que sufre sin nombre, de la que el miedo hace invisible en todos los espacios? 

Este es un país que lleva a cuestas el machismo como un mal común

Ser activista es ser responsable, en parte, de los conceptos que se emiten; lo que se debate. Es hacer acopio de valor —aunque no lo tengas— y enfrentar debates que debieron darse años atrás, de educar, entre insultos, malos entendidos, entre la acendrada cultura del machismo de un país en el que se normalizó la misoginia a niveles tan preocupantes como para que una víctima deba explicar el sufrimiento que padece. Que deba dar respuestas —imposibles e imprevisibles— sobre por qué atravesó una situación violenta, por qué ahora decide mostrar el rostro y no antes. Este es un país que lleva a cuestas el machismo como un mal común, como parte del gentilicio y que lo acepta sin reservas. Este es un país convencido de que la mujer debe padecer el cuestionamiento y asumir las consecuencias de su indefensión legal, moral e incluso emocional. ¿Cómo se lucha contra eso? ¿Cómo se batalla contra algo semejante? ¿Cómo se logra que al final, el gran interlocutor invisible de la sociedad sea capaz de comprender que las víctimas son el resultado de años de omisiones, de señalamientos y de prejuicio? 

Ser activista es, quizás, tener respuestas. Yo tengo pocas. Sigo buscando las que necesito dar. 

El sábado 1 de mayo pasé la mayor parte del día escribiendo. Me dediqué de manera consciente a responder preguntas, a abrir las puertas del diálogo en redes sociales, a tratar de buscar una forma de comprender todo lo que ocurre y brindar un peso a lo que realmente es importante resaltar, debatir y traer a la luz de la atención colectiva. Analizo historias, insisto en tratar de que el debate abra espacios para la víctimas, que sean el centro de todo lo que ocurre, que tengan el apoyo, empatía y generosidad que necesiten.

No lo logro, claro. Hay una buena cantidad de opiniones que señalan, que disfrutan en hacerlo, que sostienen sobre sus hombros algo más elaborado, angustioso y duro de entender. El hecho que Venezuela, Latinoamérica, incluso occidente, considera a la mujer un ciudadano de segunda categoría, uno que debe aceptar sin mayores reclamos que ese es su lugar en la historia, que así es que se le percibe, que no puede hacer nada para cambiar algo semejante. 

En Latinoamérica, ser una mujer conlleva ciertos riesgos que se deben asumir.

Hace tres años, un hombre que caminaba a unos pasos detrás de mi, extendió la mano y me tocó el trasero. Hablo que me sujetó una nalga y apretó hasta causarme dolor. Un gesto muy directo, que no pudo disimular a los transeúntes que nos rodeaban. Cuando me detuve y le grité, entre asustada y sorprendida, el hombre soltó una carcajada.

—Mija, acostumbrate, estás en latinoamérica.

Continué gritando y señalándole mientras se alejaba por la calle. Insistí en lo que había hecho, llamándole “abusador de mujeres” y “agresor”. Nadie me dedicó una sola mirada. La mayoría de quienes me escucharon se apresuraron a alejarse y a bajar la cabeza, avergonzados e incluso irritados por mi reacción. Finalmente, una mujer mayor se acercó, me tomó del brazo y me obligó a caminar unos metros más allá.

—Muchacha, siga pa’ dónde iba ¿Qué quiere usted? Nadie va a hacer nada —me dijo. Abrí la boca para contestar, me solté de su mano, la miré enfurecida. Ella sacudió la cabeza, interrumpiéndome con un gesto resignado—, nadie va a hacer nada, yo que se lo digo.

La mujer se alejó calle arriba y me dejó a solas mientras se confundía con el tumulto de mediodía que bajaba por la esquina. Me quedé allí, paralizada por la angustia y la impotencia, con la piel aún dolorida por el golpe que me había propinado el desconocido, pero sobre todo aturdida por el hecho que me encontraba sola en mitad de la situación, en medio de esa región blanca de indiferencia que parece definir las agresiones a la mujer. Por primera vez en mi vida, era muy consciente de que un hombre podía agredirme como lo había hecho y que no ocurriría gran cosa. Que tal y como me había gritado el hombre, en latinoamérica, ser una mujer conlleva ciertos riesgos que se deben asumir. Y uno de ellos es, por supuesto, que tu cuerpo pueda ser amenazado, invadido y violentado por el hombre, bajo la mirada permisiva y resignada de la cultura. Una idea escalofriante, pero sobre todo inquietante que por años me atormentó.

Hace unos días y en medio de los innumerables comentarios y debates que ha originado el #YoSiTeCreo venezolano, alguien decía que no todo es abuso. Recuerdo haberle leído mientras recordaba esa anécdota, la sensación de terror que sentí porque durante un minuto, mi cuerpo dejó de pertenecerme, fue agredido y utilizado. Porque no pude hacer nada. Porque tuve que convencerme de que era “una tontería” que un hombre me manoseara en público y que todos quienes me rodeaban lo consideraran del todo normal. Me pregunté cómo explicar eso a alguien que jamás lo ha padecido. Cómo explicar lo que te hace sentir que tu integridad física esté sujeta a una cultura que decide cuándo y cómo la violencia es admisible. ¿Tocarte las nalgas en las calle no es agresión según los más cínicos? ¿Y si ocurre en casa, si lo hace un pariente? , ¿entonces, sí es grave? ¿Qué ocurre con las mujeres que sufren maltrato psicológico? ¿A las que un hombre pulveriza la autoestima hasta que terminan aisladas y destrozadas a niveles difíciles de explicar? ¿Qué ocurre con las mujeres que son golpeadas de vez en cuando? ¿Qué ocurre con las víctimas que no saben que lo son, que de pronto comienzan a analizar el sufrimiento que han padecido por años y descubren que el país les educó para soportar, para admitir, para callar? 

Por supuesto, no es para sorprenderse que el ataque sexual a la mujer sea motivo de debate e incluso argumentación, antes de ser condenado como un ataque criminal o incluso, considerado directamente un delito. La controversia parece basada en esencia en la postura tradicional sobre la posibilidad que la víctima pueda —de hecho— provocar el abuso que puede sufrir. Por años, la cultura que promueve considerar a la víctima responsable de la violencia que sufre ha sido parte de la manera como se interpreta la violencia sexual en distintas partes del mundo y sobre todo, de crear una interpretación del tema ambiguo y peligrosamente cercano a la justificación. Desde la controvertida campaña de la policía de Hungría, en la cual se insistía que la mujer que lleva ropa provocativa puede provocar una violación, hasta el desconcertante fallo de un juez italiano que dictaminó que si una mujer es abusada sexualmente es porque lo permite de alguna manera, la violación parece encontrarse a mitad de camino entre una interpretación moral y cierto debate social preocupante. Más de una de vez, la cultura de la violación —que premia, promueve e incluso, oculta las implicaciones de la violencia sexual contra las mujeres— parece sostenerse sobre esa visión del abuso sexual como aceptable o incluso admisible, desde cierto punto de vista. O lo que resulta aún peor: una perspectiva donde la mujer puede provocar el ataque que sufre.

Por supuesto, se trata de una vieja herencia histórica. La violación no fue considerada delito independiente durante buena parte de la historia Occidental. Desde el código de Hammurabi hasta sociedades tribales como la Hebrea y la Egipcia, la violación sólo era considerada como un crimen cuando la sufría una doncella. En otras palabras, lo que se penalizaba era el derecho del futuro marido a a disponer de la virginidad de la mujer y no la agresión sufrida por la víctima. En Roma, por ejemplo, la violación se interpretaba como un perjuicio a la casa del padre de la mujer que la sufría, al no poder reclamar una dote cuantiosa al negociar un futuro matrimonio. En Grecia, donde la mujer jamás fue considerada otra cosa que un objeto posesión del marido, la violación sólo era penada por la ley cuando la mujer moría tratando de evitarla. Una y otra vez, la interpretación de la agresión sexual se relaciona más con la forma como la cultura concibe a la mujer que al hecho de la violencia que pueda suponer.

Parte de esa percepción parece subsistir en la actualidad. Se hace obvio cuando circunstancias como la ocurrida en Colonia demuestran que la percepción de la víctima parece mezclada y confundida con una concepción interpretativa sobre la violación. ¿Qué mensaje envía la alcaldesa Reker al recomendar a las mujeres precaución y no asegurar las medidas necesarias para evitar que agresiones como las ocurridas en Colonia puedan volver a ocurrir? ¿Cuál es la conclusión a la que puede llegar cualquier agresor cuando se le disculpa por el hecho de ser incontrolable y se insiste que es la víctima quien debe evitar que un hecho de violencia sexual ocurra?

Acabamos de leer el testimonio de la víctima del cómico Perucho Conde, una niña de seis años violada.

Mi amiga G. (abogada y penalista) suele decir que Venezuela es quizás el país más ambiguo del hemisferio con respecto a lo que la agresión sexual se refiere. Me cuenta que con frecuencia debe defender casos de violencia y agresión contra mujeres, donde la víctima no sólo se siente responsable sino que además, insiste en disculpar de agresor. Cuando conversamos sobre lo ocurrido durante la última semana, sacude la cabeza con cierto pesar.

—El #MeToo Venezolano llega tarde, incompleto y lleno de prejuicios —me comenta— pero llega, debía llegar. El abuso sexual está en todas partes, es parte de la vida de mucha gente. ¿Cómo ocultar eso? 

Acabamos de leer el testimonio de la víctima del cómico Perucho Conde, una niña de seis años violada que calló por terror y que todavía, ahora de adulta, debe soportar el peso del escarnio, de la duda y del cuestionamiento. ¿Cómo protegerla a ella y a otras tantas en mitad de una situación semejante? ¿Cómo protegerla en mitad de algo tan violento que no sólo la revictimiza, sino que la convierte en el símbolo de todas las mujeres que callan porque no tienen otro remedio, porque la alternativa es mucha más violencia y dolor del que han sufrido? 

—Para mucha gente, la violación sigue siendo un asunto de cómo lo interpretes y no un delito concreto, sin matices —me explica—. Cada vez que una mujer es violada, le preguntarán cómo iba vestida antes de si se encuentra bien. Y le interrogarán hasta la humillación para asegurarse de que hizo todo lo que se supone debía hacer para evitar la agresión. Sólo allí y con muchísima desconfianza, se le considerara agredida.

Una vez leí que a una mujer violada en latinoamérica se le considera culpable hasta que puede demostrar que no lo es. Una opinión que no sólo se basa en el tradicional machismo del hemisferio, sino en esa interpretación de lo que “violación” puede ser y que atraviesa toda una serie de conjeturas sobre la conducta sexual e incluso moral de la víctima.

—¿Incluso con toda la atención que el gobierno dice dedicar a los derechos de la mujer? —le pregunto.

Me refiero por supuesto a las leyes que el gobierno chavista ha promovido en defensa femeninos. Incluso, hay un ministerio con Cartera que según la insistente propaganda gubernamental, se dedica exclusivamente al tema de la mujer de la mujer en nuestro país. Mi amiga sonríe.

—De nuevo: la política. El gobierno trata de promover su concepción sobre la contracultura y absorber el tradicional discurso feminista en su beneficio. ¿Defensa de la mujer? Mira, todavía no he visto a la primera víctima que pueda decir que las leyes les favorecen en caso de agresión o que se siente protegida por ellas en caso de violencia sexual. Y ejemplos bien conocidos hay de sobra.

Se le acusó de ser “la amante” de su agresor y poco después de ser “una prostituta”

Sé a qué se refiere y el mero pensamiento me provoca escalofríos. La venezolana Linda Loaiza fue secuestrada durante tres años por un hombre que la violó, torturó y desfiguró hasta que Linda logró huir del apartamento donde se encontraba confinada. Para el momento que lo hizo, había perdido los lóbulos de su orejas, parte del labio inferior, tenía la mandíbula dislocada y uno de sus pezones había sido mutilado.

Parecía ser un caso claro y sin matices sobre una brutal agresión. No obstante, no todo parecía ser tan claro en una cultura donde la mujer puede ser juzgada por el sólo hecho de serlo. Y de hecho, Linda no sólo dejó de ser una víctima sino que se cuestionó su conducta sexual como elemento “culpabilizante” con respecto a la agresión que sufrió. Se le acusó de ser “la amante” de su agresor y poco después de ser “una prostituta”. Una y otra vez, la posición de la policía venezolana pareció volverse ambigua e incluso negligente con respecto al caso esencial de Linda: una mujer agredida y mutilada por un hombre que la secuestró. No obstante, para cierta parte de la opinión pública venezolana, la posible conducta de Linda —nunca demostrada más allá de rumores poco comprobables— era un elemento esencial a tener en cuenta al momento de analizar su caso. Y de hecho, continuó siéndolo a lo largo del largo periplo legal que Linda tuvo que atravesar intentando obtener justicia.

No lo logró. En 2014, después de casi una década de atravesar obstáculos legales y todo de tipo de retrasos procesales y judiciales injustificados, el secuestrador de Linda, Luis Carrera Almoina fue absuelto en por falta de pruebas. La sentencia sorprendió a la opinión pública del país y no obstante, un considerable porcentaje de venezolanos siguió insistiendo en que quizás, el comportamiento de Linda pudo provocar la agresión. Casi veinte años después del suceso, Linda continúa luchando contra un sistema legal que la condena antes de brindarle apoyo y sobre todo, procurarle justicia. “Mi secuestrador me causó mucho daño. Pero el sistema de justicia venezolano lo hizo también”, dice Loaiza, ahora con treinta y dos años. Luego de luchar contra múltiples trabas legales, Linda Loaiza consiguió que la sentencia que absolvía a su agresor fuera anulada: Almoina fue condenado por “Lesiones corporales graves y la privación ilegal de libertad”, pero no por las agresiones sexuales que infligió a Linda durante tres años y debido a las cuales, sufre secuelas físicas permanentes. Actualmente, Almoina está libre.

Un año atrás, Linda Loaiza llevó su caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, donde denunció los graves vicios que atravesó su caso y que aún sigue sufriendo. Y es que Linda, víctima de su secuestrador y agresor y también de la justicia venezolana, es el mejor ejemplo de la manera como se interpreta la violación y el abuso sexual a nivel cultural, no sólo en Venezuela sino en buena parte de Latinoamérica.

Para Linda Loaiza la búsqueda de justifica no es un objetivo que emprende únicamente por el caso que vivió. Para ella, su situación visibiliza una situación que cientos de mujeres viven a diario y a la cual deben enfrentarse en las peores condiciones. No sólo se trata de un sistema judicial viciado y poco capacitado para asumir la responsabilidad y sobre todo, para comprender los alcances de una violación, sino que además de una perspectiva social que convierte a la mujer en víctima en tanto del Estado como de su agresor.

—Lo de Linda es un caso en miles, millones —insiste mi amiga— ¿Cuántas mujeres son violadas por sus maridos y deben continuar viviendo con su agresor bajo el mismo techo porque no hay una ley que la proteja? En cambio, el Ministerio de la Mujer insiste en procurar todo tipo de becas y beneficios al ama de casa, a la madre soltera. ¿Qué ocurre con los delitos de esta envergadura? ¿Qué pasa con las mujeres que son golpeadas hasta la muerte pero eso se considera de índole doméstico? ¿Qué pasa con las prostitutas que mueren baleadas y acuchilladas? ¿Que pasa con todas las mujeres que sufren violencia pero que deben padecer el matiz justificar a quien las agrede?

La conversación me recuerda a un artículo que leí hace unos meses, en el cual la periodista Mari Luz Peinado se cuestiona sobre la importancia que la actriz Carmen Maura hablara en público sobre la violación que sufrió hace más de veinte años. Maura no sólo habló sin tapujos sobre la agresión sino algo tan preocupante como la violencia que tuvo que enfrentar: la actitud de las autoridades sobre su caso. “Lo peor fue todo lo que vino después, porque él estaba haciendo el servicio militar y tuvimos un juicio lleno de militares (…) Y como se enteraron de que era actriz, me hicieron preguntas como ‘¿Y estás segura de que tú no querías hacerte conocida?”, cuenta la actriz, ahora de 70 años, rompiendo el tabú que aún existe en su natal España sobre el hecho de hablar sobre violencia sexual. El relato se volvió viral de inmediato y obligó a buena parte de los usuarios de las redes sociales a debatir sobre el tema de la violencia sexual abiertamente.

¿Cuándo la cultura de la violación fue más visible, más evidente, más preocupante?

“Nosotras consideramos importantísimo que se diga públicamente. Incluso los testimonios que se atreven a hablar a medios lo hacen con la cara tapada porque hay un sentimiento de culpa en la propia mujer. No porque ellas sean culpables, por supuesto, sino porque la sociedad las culpabiliza”, explicó más tarde Tina Alarcón presidenta de CAVAS, el Centro de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales y para quien el escándalo que suscitaron las declaraciones de Maura no sólo es necesario sino imprescindible “En los interrogatorios, por ejemplo, se duda todo el rato de si dicen la verdad o no. Que haya mujeres que lo empiecen a decir es fundamental, ayuda a que otras mujeres denuncien”. Para Alarcón no se trata de algo legal, sino cultural. Como si la idea de la mujer violada aún fuera inaceptable o, incluso, por completo debatible desde cierta perspectiva cultural.

Pienso en todo lo anterior mientras leo más testimonios de agresiones, mientras alguien me comenta que la justicia ideologizada y violenta del chavismo ahora intervendrá, no para consolar a las víctimas o hacer justicia, sino para jugar las cartas a su favor. ¿Cuándo el ingrediente político se hizo mucho más importante que el hecho que un considerable números de mujeres fueron agredidas de manera violenta? ¿Cuándo la cultura de la violación fue más visible, más evidente, más preocupante? Pero vayamos más allá ¿Cómo se percibe en nuestro país este fenómeno en redes sociales? ¿Qué podremos lograr con el #YoSiTeCreo venezolano en las condiciones más adversas, en medio del acecho de la política corrompida y con las víctimas siendo atacadas por una multitud anónima que sigue sin comprender la gravedad de lo que ocurre con cada mujer y hombre que se atreve a levantar la voz?

Me inclino sobre el teclado. Por un momento estoy tan cansada, que no sé qué decir. Y después, comienzo a escribir como puedo. No tengo respuesta para ninguno de esos cuestionamientos y quizás, nadie las tenga por ahora. Y es esa sensación vulnerabilidad —que el tema sobre la violencia contra la mujer se encuentra en un terrero blanco y peligroso, imposible de definir— sea lo más preocupante. Pero sigo insistiendo, sigo luchando, sigo consciente de que nos necesitamos unos a otros, lo que creemos es posible una cultura más justa, menos violenta, un país capaz de escuchar, de brindar apoyo y sostén a los que lo necesitan. Creo que esa Venezuela es posible. Creo en la posibilidad del bien, incluso en las peores condiciones. Creo que las víctimas de mi país merecen protección y que mi trabajo puede ayudar a brindársela.

Creo en el bien y que entre todos podemos lograr algo más poderoso que un movimiento pasajero, destinado a ser efímero en medio de una crisis que parece devorarlo todo. Creo que ha llegado el momento para cambiar el mundo y que lo podemos lograr. 

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